Julio Ferrer Gudiño
En cada rincón activo del país se esconde la vieja y brutal mano del odio y la controvertida tirantez de una revolución que parece girar sobre un eje oblicuo, sin control y sin dirección hacia lo práctico, concreto y fundamental: da puntapiés por todos lados y no termina de precisar su rumbo sino, más bien se revierte en improvisaciones y en una madeja que nadie podrá desenredar.
Tal es el grado de convulsión, que el propio "líder" en cada una de sus peroratas dominicales trata de esconder la cruenta realidad señalando errores e ineptitudes de sus subalternos, para disfrazar la gigantesca masa inoperante en la cual ha convertido el país que llegó a tener el más claro futuro del mundo. Un perfecto y real ejemplo de todo lo mencionado es lo que le ha tocado en mala suerte al Ateneo de Valencia y a sus programas más relevantes, símbolos de la ciudad y fruto de un trabajo inteligente de su sociedad, ejemplo de consecuencias y devoción a todo lo que la urbe tan majestuosa, como congestionada, puso en las manos de los que quisimos hacer algo.
Es imperdonable una actitud que viene de la improvisación de un régimen que se come sus entrañas y ahora quiere intervenir los centros donde la cultura se ha refugiado por años y ha participado de la bondad de ir formando una riqueza envidiable y envidiada por todos los que han crecido entre lo humanístico y lo trascendente.
No es posible que se quiera invadir los ateneos como si fueran tierras ociosas. No se puede confundir una punta de manso ganado con una colección de arte de las que cualquier país del mundo quisiera tener. No es posible que la ignorancia supina de algunos burócratas se convierta en opinión sobre algo que para ellos es totalmente confuso y que se interpreta como lo que se puede meter dentro de un saco o en algún maletín lleno de monedas norteamericanas para financiar campañas políticas. El Ateneo de Valencia, así como los otros, son otra cosa, muy lejos de las pesadillas que no dejan conciliar el sueño al Sr. Farruco Sesto.
Todo lo que hoy sucede en el Ateneo de Valencia ha sido premeditado, porque debe entenderse que un simple problema económico con unos empleados no tiene nada que ver con todo el verbo oficialista que acompaña la fechoría. Hay un trasfondo que ya se descubre y que viene, entre eructos y vejaciones, de una "política cultural" implementada por incultos.
Hay que aprender a respetar para merecer respeto; hay que saber hablar para que se pueda escuchar; hay que saber dialogar para buscar soluciones que no lesionen el patrimonio cultural de una ciudad que en el Ateneo de Valencia depositó su destino más sensible.
No se puede permitir que unos cuantos ególatras se adueñen de lo que construimos con desvelos, angustias, trabajo, privaciones y, sobre todo, con la visión clara de que estaba levantando un monumento a la posteridad. Habrá que pelear, y muy duro, ya que el contenedor tiene las armas del poder, porque la política del gobierno cuenta con los robustos funcionarios que se pavonean seguidos de largas caravanas de camionetas negras.
De no intentarse algo concreto, tendremos que aprender a gritar "Viva Boves", "Viva la muerte", "Abajo la vida", "Muera la cultura".
La única irregularidad detectada desde 1943 -léalo bien Bodarenko (¿?)- es éste, objeto de estas líneas, contra incontables cometidas por el gobierno en diez años de improvisación y despilfarro. Creo oportuno señalar que el documento firmado por el presidente Pacanins, más que un decreto, es una invitación a honrar el nombre de Arturo Michelena con la constitución de un Salón de Artes Visuales que se ha mantenido hasta la fecha y con el cual tuve la honra de bregar diez años.
Finalmente, es necesario mencionar que se ha pretendido realizar un Salón "Michelena" paralelo que seguramente será pírrico y estará todo el tiempo acompañado por la materia escatológica que domina el presidente Chávez y se reservó para referirse a los resultados de los comicios de diciembre pasado, cuando el NO se impuso sobre el SI y cuyo escrutinio no ha terminado, según lo que maneja el CNE. |